Cuando vi salir de un compartimento al otro golpeador de Slytherin con una sonrisa demasiado triunfante, decidí separarme de Lancel e investigar. Indiferentemente de su casa, aquel chico de 15 años no era especialmente agradable. El año pasado habíamos acabado la Copa de las Casas con una pelea multitudinaria donde aprendí que los Hufflepuff parecen ser dulces e inocentes pero en el fondo pegan más duro que nadie, que los Ravenclaw muerden y que ese golpeador demasiado alto para su edad es alguien peligroso. Cuando me asomé a la ventanilla y descubrí a Delilah Harwick, nuestra buscadora, con el ceño ligeramente fruncido, supe que su conversación con el jugador no había acabado demasiado bien.
Era difícil entablar amistad con otros cursos. Aunque compartíamos sala común, tanto las clases como las actividades solían separarnos entre franjas de edad. Los clubs extraescolares eran una forma de socializar con el resto del alumnado, allí había conocido a Delilah. Pese a que a veces me sentía ligeramente discriminada en mi casa por el origen de mi familia –y por un hermano que no ayudaba a forjarme una buena reputación, siempre incordiando a los Gryffindor- Delilah era una chica extremadamente comprensiva y agradable. Siempre te contestaba con una sonrisa y, normalmente, evitaba con mucha elegancia las discusiones estúpidas. De todos modos, dudaba que se llevase mal con alguien en Hogwarts ¿Cómo puedes enfadarte con alguien como ella?
Cuando entré por la puerta me saludó con una sonrisa corta y me dejó un hueco a su lado por inercia, aunque yo no se lo hubiese pedido.
- No llevamos ni media hora en el tren y ya van un par de serpientes que me amenazan con ganar la copa –rodé los ojos-. Espero que ese estúpido con cerebro de golem no te haya hecho nada –la cogí de las manos- , no sería la primera vez que intentan tirar a un jugador por las escaleras.
- Creía que era una leyenda urbana –rió-, aunque ¿no fuiste tú la que intentó tirar a Adam Knight desde el aula de Adivinación el año pasado?
- Nimiedades…
Delante de nosotras, un compañero de Dalilah intentaba pasar desapercibido, ligeramente ruborizado.
- Lo siento, creo que os he interrumpido…
- …no pasa nada –contestó mirando al suelo.
Dalilah intentó reconfortarle con una gran sonrisa. Al parecer estaba acostumbrada a que aquel chico se mostrara bastante tímido, así que fue ella quien nos presentó. Steafan Roy tenía dieciséis años aunque aparentase unos cuantos más. Alto y delgado, más bien larguirucho, llevaba un look desenfadado. Tenía el pelo de intenso color rojo a juego con sus cejas y el vello de sus brazos, y hasta tiempo después no me daría cuenta de que sus ojos eran entre azules y verdes; cristalinos. Pero era difícil quedarse con su cara, estaba todo el rato intentando ocultarla.
Ya que no parecía dispuesto a hablar, y que a mí me incomodaban en sobremanera los silencios, intenté sacarle un poco de conversación:
- Te había visto en los entrenamientos. En las gradas.
- Yo también te he visto en los entrenamientos. Vuelas bien, seguro que este año también pateáis el culo a Slytherin sin necesidad de tirarlos por las escaleras – sonrió de lado, ruborizándose, y metió sus manos en los bolsillos con claro nerviosismo.
- En realidad tirar a rivales por las escaleras es más un divertimento, pero que quede entre tú y yo –reí-. Deberías probarlo, algo así como un deporte de riesgo. Aunque evita a Lancel todo lo que puedas, la gente no sale muy bien parada tras sus hechizos “defensivos”.
- Lo tendré en cuenta –rió suavemente atreviéndose por fin a mirarme y a olvidarse de sus zapatos-, aunque no entra en mis planes lesionar al hermano de una compañera.
Dudaba que alguien pudiese lesionar a Lancel, es más, no recordaba que hubiese perdido un duelo nunca; a no ser que me dejase ganar adrede. En el fondo, mi hermano siempre había sido mucho más diestro que yo, mucho más mágico.
- Este año hay pruebas de Quidditch en Gryffindor, date una vuelta si tienes tiempo. Delilah siempre ha tenido buen ojo con los jugadores… -me dio un codazo amistoso al oír mi clara doble intención, pero Steafan pareció no darse cuenta. De todos modos, Delilah nunca había sido una ligona, ni mucho menos. Simplemente tenía la mala suerte de enamorarse de jugadores que acababan siendo realmente gilipollas.
- Seguro que tendré tiempo… y no me molestaría apuntarme. Pero siempre está lleno de gente, tanto en los entrenos como en los partidos – volvió a agachar la cabeza con aspecto desanimado.
- La verdad es que las primeras veces agobia estar delante de tanta gente y con la responsabilidad de jugar bien - Delilah asintió a mi lado-, pero en cuanto subes a la escoba… es como si dejases todas las preocupaciones en tierra. Te olvidas de los exámenes, de la familia, de los deberes, de la lluvia, de los abucheos… El campo es el único lugar en el que puedes olvidarte de todo.
- Es como si sólo existiera tu equipo –sonrió ella.
Steafan sonrió por primera vez en la conversación abiertamente. Parecía interesado en jugar, y tenía las condiciones físicas necesarias.
- No creo que sea capaz de olvidarme de la gente –se encogió de hombros un poco resignado, pero Delilah y yo ya habíamos intercambiado una mirada sospechosa que, de nuevo, él no alcanzó a ver.
- Me da la sensación, Steafan, de que este va a ser tu año –sonreí.
Tanto si Delilah y yo teníamos que atarlo a la escoba o amenazarle de muerte.
Pasamos el resto del trayecto charlando de diferentes jugadas y haciéndole perrerías al precioso gato blanco de la buscadora. Poco a poco el cielo se fue oscureciendo por las ventanas, y cuando a lo lejos ya se empezaron a ver algunos puntitos de luz pertenecientes a Hogsmeade, me despedí de ellos y volví al compartimento de Natalee. Al parecer ella había salido, así que me cambié rápidamente con el uniforme y me aseguré de que tenía a la vista todo mi equipaje.
La velocidad del tren disminuyó poco a poco hasta parar con un golpe seco, momento en el que uno de los esbirros de Natalee entró al compartimento, sonriéndome un poco a contra voluntad, y se llevó la ingente cantidad de maletas que la bruja siempre traía consigo. A mí me tocó arrastrar la mía a tirones hasta donde los carruajes nos esperaban.
Vi a lo lejos a Lancel intentando matar con la mirada a varios alumnos, a caras conocidas y otras que nunca había sabido reconocer. Y después de intentar guardar en mi memoria la expectación y emoción que recorría el camino hacia el bosque, me giré a contemplar el castillo por última vez. No sabía imaginarme sin Hogwarts. Sin su luz, su sala común, la habitación de las chicas, los terrenos, el lago. Era casi surrealista pensar en que en unos meses mi vida en el castillo se acabaría, pero así era. Y durante unos segundos, sentí una envidia venenosa hacia los críos que entraban este año por primera vez, e incluso sl gilipollas de Knight, que había repetido curso. Porque ojalá yo fuese una cabeza de chorlito y pudiese quedarme toda mi vida en el castillo, repitiendo una y otra vez…
Los carros, tirados por thestrals invisibles, empezaron a llegar en un goteo continuo, y tuve que hacer un esfuerzo descomunal para apartar mis ojos de la panorámica que ofrecía Hogwarts y deponerme a llegar yo también.
//ADMINISTRACIÓN//
Guapos y guapas, es hora de ir llegando a Hogwarts :) Se puede postear hasta la cena, la selección y la llegada a la habitación, aunque no hace falta que lo posteéis todo de golpe. Eso sí, vuestro siguiente post debería ser al menos de llegada a Hogwarts.
Suki, he utilizado un poquito a Delilah bajo la supervisión de Utena/Jheans porque me cuesta localizarte. Si crees que he interpretado mal a tu personaje, dímelo y lo editaré sin ningún problema :)
¡Ánimo a todos empezando las clases!
P.D: Meme de drabbles de rpgs. ¡Sentíos libres de pedir cualquier cosa! ingra - 2009-09-19
Iba a quedarme dormido. Andando. Iba a dormirme en movimiento y a partir de ese día dejarían de meterse con mi pelo y empezarían a llamarme el zombie de Gryffindor, pero no podía evitarlo. Estaba cansado, tenía sueño y no encontraba un lugar adecuado donde descansar. Medio Hogwarts debía haber encontrado ya un compartimento de su agrado, porque los pasillos empezaban a vaciarse, pero yo les veía pegas a todos: o había demasiados alumnos de cursos inferiores, o demasiados alumnos a secas. Suspiré.
Iba a apoyarme en la pared cuando alguien me placó mientras gritaba mi nombre como si en realidad me encontrase a kilómetros de ahí. Primero me asusté. Luego giré levemente la cabeza hasta ver que mi placador era ni más ni menos que Delilah -ella y su pobre gato-, una vieja amiga la mar de efusiva.
Su grito consiguió arrancarme el sueño de cuajo. Me reí al ver su cara de eterna felicidad.
- Hola, Delilah. Veo que las vacaciones te han devuelto con el doble de energía.
- Y también el doble de ganas de verte –movió sus manos de mi cuello a mi pelo, lo suficientemente rápido como para no poder esquivarla- Te he echado de menos. Y seguro que tú a mí también –intentó hacer un puchero, pero estaba convencido de que para ella era casi imposible poner otra expresión que no fuera de felicidad, y terminó riendo.
-Seguro que también has echado de menos a Peeves.- reí por lo bajo, intentando zafarme de su gusto por despeinarme.- Te hubiera escrito, pero...- me encogí de hombros.- No tengo lechuza, y mi abuela no me deja la suya.
- Yo tampoco pude escribirte... ya sabes, tampoco hay lechuza. Sólo tengo a Caesar y es tan inútil que ni siquiera puede caminar.
Me agaché para acariciarle detrás de la oreja. Los animales solían hacerme gracia, pero el gato de Delilah era mejor que cualquier otro, aunque su dueña no lo apreciase demasiado. Era gordo y tranquilo, de esos gatos que han vivido todo lo que puede vivir un gato y se dedican a disfrutar, un pequeño felino jubilado que ronroneaba al mínimo indicio de que alguien le prestaba atención. Había llegado a hacerlo con sólo llamarlo por el nombre.
-Siempre puedes enseñarle a cazar palomas con una red. No son lechuzas, pero seguro que puedes domesticarlas.
-¡Jo! –Me miró con cierto deje de sorpresa- Es una buena idea... lo intentaré. Veo que las vacaciones te han servido para tener estas ideas tan buenas. ¿Qué tal te han ido?
-Bien...bueno, como siempre. Me he convertido de nuevo en el chacho de mi abuela y no he ido muy lejos, pero podrían haber sido peor. Supongo.- me rasqué la nuca. Las preguntas cuya respuesta debía ser “bien, genial” eran de las más difíciles de responder, porque casi nunca podía usar la respuesta estándar.- ¿Cómo te han ido a ti? ¿Algún lugar exótico?
- Mi madre quiso llevarnos a Budapest, a ver los dragones húngaros... estuvo bien. Pero ni papá ni Nick quisieron venir...- suspiró.
- ¿Aun está molesto por este tema?
Este tema. El famoso y complicado tema de los que tienen magia y los que no, de los muggles, de los sangre limpia y los sangre sucia. Di gracias a Merlín de no tener ni muchos familiares –me sobraba y me bastaba con mi abuela- ni un hermano que me pusiera morritos sólo por el hecho de no poder hacer magia.
- Ni te lo imaginas... hoy apenas me ha dirigido la palabra. Tendré que regalarle el curso de Embrujorrápid –se rió.
-Seguro que os estaríais lanzándoos cosas todo el día y vuestra madre os echaría de casa. Os acogería en la mía, pero mi abuela os devolvería a la vuestra de un escobazo.- negué con la cabeza. Un escobazo sería lo más suave que haría.
-Oh, no es para tanto –volvió a reírse. Sin darme cuenta empecé a sonreír yo; Delilah siempre había tenido una risa contagiosa.- A veces me coge la escoba y la intenta hacer volar... y el otro día casi deja sin pelo a Caesar tras haberme robado la varita. Pero hay buen rollo... Creo.
-Seguro. Sois gemelos, dicen que es algo "especial".-volví a juguetear con las orejas del gato.- Pero cuida a este peludo, no queremos verlo sin pelo. Por cierto.- eché una ojeada a nuestro alrededor.- ¿Te has encontrado ya con alguien?
-Bueno, depende de lo que entiendas por 'encontrarse' y por 'alguien'... alguien interesante no, desde luego ¿Y tú, qué?
- Se podría decir que... no. Estaba buscando un compartimento más o menos vacío, y lo había encontrado, pero se ha llenado de repente.- lo último lo refunfuñé. La mala suerte me acompañaba las 24 horas del día.
-Oh –resopló, indignada- seguro que habrán sido los niñatos esos de primero. Tan pequeños y ya sabes dónde colocarse...
- Son un peligro público. Nosotros no éramos así. O sí. O no. No sé. ¿Vamos a buscar uno?
-Uf, sí, por fa -volvió a suspirar, esta vez de forma cansina- Ya me estoy cansando de llevar al bicho éste todo el rato en brazos... y me muero por comer alguna guarrería del carrito.
-Los veteranos ganaremos a los novatos.- miré al gato y sonreí. Era mi oportunidad.- ¿Quieres que lo lleve yo un rato?
-Como quieras. A Caesar le caes bien ¿Eh, bicho? ¿Quieres irte un rato con tito Steafan? –el gato maulló, lo que Delilah interpretó como un si.- Toma, pelirrojo. Cuidado que no te muerda...
Hice un puchero cuando dijo “pelirrojo” y recordé todos los comentarios acerca de mi pelo con los que me había torturado mi abuela.
- Ahora que lo dices... ¿crees que tengo el pelo más naranja? Mi abuela dice que sí.- cogí al gato.- Dime que no.- supliqué.
-Puees... ahora que lo dices, ¡sí que lo tienes un poco más brillante! ¡Mira! –volvió a abalanzarse sobre mi cabeza, pero esa vez estaba mejor preparado y logré esquivarla, al menos parcialmente.
- Mierda.- lloriqueé. Miré al pobre Caesar, que en menos de media hora había sido aplastado dos veces. Me pregunté si le estaría pegando mi mala suerte.- Pobre, entre tu hermano dejándole calvo y tu aplastándole, no me extraña que haya terminado tan cansado…
-Oh –al darse cuenta de lo que había hecho, se apartó.- No creas. Caesar ya está acostumbrado a mis placajes... no tardará en perdonarme.
- Eres un blandengue.
Le acaricié la cabeza y empezamos a andar. Había abandonado la idílica esperanza de encontrar un compartimento vacío, pero con Delilah al lado, aunque estuviera lleno a reventar sería más soportable. Para hacer más amena la búsqueda, estuvo hablándome de Budapest y de los dragones. Yo no pude explicarle nada de mis vacaciones, porque realmente me las había pasado fregando platos y tirado en el jardín, mirando las nubes e imaginándome mil formas, empeñado en ver algo donde probablemente no había nada, como siempre.
Cuando ya nos habíamos pateado medio tren, nos cruzamos con la mujer encargada de suministrarnos mil chucherías. Invité a Delilah a algo, y lo aceptó encantada.
Terminamos nuestra expedición en uno de los últimos vagones, lleno de alumnos de todas las casas, como cabía esperar, pero al menos muchos eran de nuestro curso.
steafan - 2009-08-30
Con todo el alboroto que se montó en casa apenas una hora antes de mi regreso a Hogwarts no pude evitar despertar a mi hermano Nick, quien hacía imposibles para evitar hablar conmigo (tal y como sucedía cada uno de septiembre desde que se enteró que yo tenía poderes y él, ilusionado con la idea, no). Abandoné mi habitación y lo encontré en el pasillo, con sus rizos embrollados y sólo vistiendo una de esas camisetas tan largas y sin mangas que llevan los jugadores del deporte muggle que se juega con la canasta.
- Joder, Delilah, a ver si te enteras de cómo hacer un hechizo para callarte la boca y dejarme sobar tranquilo.
- Venga ya –reí- Sabes que me vas a echar de menos.
- Oh –suspira, con la voz ronca-, no sabes lo tranquilo que se está uno sin la bruja –añadió, esta vez con ese tono tan despreciable- en casa.
- Nicholas Harwick, ni se te ocurra volver a… -inquirí, a la vez que sacaba la varita del bolsillo y apuntaba hacia él, a pesar de que no pude evitar que se me escapase una carcajada en el intento. Nick retrocedió, desprevenido- ¡era broma, idiota! ¡Venga, bajemos a desayunar!
Le agarré efusivamente del brazo y bajamos las escaleras que llevaban hasta el salón, donde estaba mi madre preparando unas tortitas que yo, por lo menos, acabé engullendo vorazmente. Nick estaba algo más cabizbajo. Ni él ni mi padre nos quisieron acompañar en el viaje que hicimos mi madre y yo por Hungría, visitando las rutas de dragones que se hacían por la zona. Se moría por entrar en Hogwarts, después de todas las maravillas que mamá nos había contado de la escuela. Todavía ahora le cuesta encajarlo y sé lo duro que es para él.
Mi padre ni siquiera estaba en casa, pues se había ido ya al ayuntamiento de Manchester para atender a sus obligaciones como funcionario. Mi madre, vestida con una de sus mejores túnicas, canturreaba canciones de su época mientras se preparaba su desayuno. Estaba feliz porque sabía que, una vez yo hubiese marchado, la ‘estabilidad’ volvería a reinar en casa. Era una sensación que me dejaba muy mal sabor de boca. Al final acabé despidiéndome de Nick, tan seco como siempre, mientras que mamá me soltaba el típico discurso protector (“no hables con desconocidos cuando estés en Hogsmeade, que no te quiten ningún punto, espabílate en los estudios, piensa en los ÉXTASIS, no hagas travesuras ni te pelees con ningún jugador de quidditch de ninguna otra casa, sé puntual…”), a lo que respondía “sí mamá” de forma casi autómata. Algo que hizo que me ganase un beso estampado con pintalabios rojo en la frente que intenté hacer desaparecer como pude.
Cogí a Caesar, “ese bicho viejo, peludo, cojo, gordo, sucio, feo y maloliente” según Nick, y me dirigí hasta la estación de ferrocarriles de Piccadilly. Fueron casi tres horas de tren las que tardó el tren en recorrer las más de doscientas millas que separaban Manchester de Londres. Y si luego pensaba en todo lo que me esperaba hasta llegar a Hogwarts, ya empezaba a marearme. Ay, cuándo podré aparecerme…
Sin embargo, en cuanto llegué al tren supe que no era la única que se encontraba en esa situación. Sobre todo, tras ver aquella adorable melena pelirroja asomándose entre la muchedumbre de alumnos por los vagones del tren.
Así que no me lo pensé dos veces cuando corrí hacia aquella figura y, en un intento de “abrazo de oso” fallido, le pasé un brazo por el cuello (con Caesar agarrado en el otro) con el efusivo grito de “¡STEAAAAAAAFAAAAAAAAAAAAAAAAAAN!” que podría dejar sordo a cualquiera. delilah - 2009-08-17
(…/…)
Este es el peor viaje que, en siete años, me ha brindado el expresso de Hogwarts, sin duda. Justo cuando decidí ‘huir’ de aquél compartimento, donde mi espontánea amiga hablaba sin parar - frases fuera de lugar en incremento - me topo con ese Hufflepuff maleducado y engreído (Dylan) y, por si no fuera poco, termino en medio de una trifulca por ‘vete a saber la razón’. ¿Es que esa Edie no sabe vivir en paz con el resto del mundo?. No es que la vea con malos ojos, no he tratado con ella más que dos ratos en clase, pero esto… que horror, ¿qué habrá pasado?. Siempre he odiado ese tipo de comportamientos que causan revuelo y expectación por saber quién pronunciará el encantamiento más original o la maldición más enrevesada pero, a la vez, no puedo soportar ver cómo hacen un uso – a mis ojos - indebido de la magia y, para colmo, tenía que pasar y no había forma. No tenía otra opción, era ‘meterme en medio’ o ‘meterme en medio’. Bendito expelliarmus.
Cuando todo parecía haber vuelto a la calma, le pedí a todos los magos del mundo que ese engreído (Dylan) no se hubiese dado cuenta de que la varita que le golpeó en la nuca fue efecto de mi hechizo pues, aunque aquello había resultado bastante divertido, ¿para qué engañarnos? me costó incluso controlar la risa cuando lo vi; no estaba dispuesta a aguantar ni una maldita orden nacida de sus aires de niño caprichoso. Guardé mi varita, agaché la cabeza, clavando la mirada en el suelo y empujé mi baúl en dirección al compartimento del fondo. Como no esté libre, me pasaré todo el camino de pie en el pasillo, me doy por vencida, este tren es horrible.
- Hey… espera – escuché tras de mí. Al girarme, vi que aquella chica de antes (Jasika) caminaba en la misma dirección que yo.
Poco o nada sabía sobre ella, tan sólo habíamos intercambiado un par de saludos a la entrada de la torre Ravenclaw o en alguno de los pasillos, pero aún no podía ni siquiera imaginarme que ella – de apariencia serena – se metiera en un lío de aquellas dimensiones.
- Sí… dime – le sonreí, de forma amigable - ¿Le retiro la varita a algún otro enemigo tuyo? – bromeé, manteniendo la sonrisa, intentando no sonar fuera de lugar.
- Hombre, si quieres puedo pasarte mi lista negra. Creo que la tengo en el baúl – me dedicó una sonrisa sincera - No, en serio, quería darte las gracias por... ya sabes, echarme una mano con... la individua ésa -.
Al oír sus palabras, no pude evitar reír. Defensora de las causas nobles o perdidas… podría dedicarme a eso cuando termine el año, ya que aún no me he decidido por qué hacer con mi futuro.
- No hay por qué darlas… No me gustan esas trifulcas – negué levemente con la cabeza – Y, sin ánimos de parecer una entrometida, ¿Qué ha pasado para terminar así? – la miré con curiosidad, no me la imaginaba desenfundando la varita por cualquier tontería.
- La bestia ésa... ¿Edie se llama? Eso creo. Supongo que se aburría y ha decidido que patear a esta preciosidad – miró a su gata con cariño, haciéndome entender que se refería a ella - la ayudaría a entretenerse, supongo -.
- Sí, así se llama – asentí – Es muy bonita… la gata quiero decir – lancé una risita nerviosa y la señalé, pero sin atreverme a tocarla; los animales y yo no éramos precisamente los mejores amigos del mundo - ¿Cómo se llama?. Y ya de paso… ¿Cómo te llamas tú?. Creo que no lo recuerdo del todo… o más bien, no tengo ni idea; se que eres Ravenclaw y … poco más, soy un desastre -.
- Esta pequeña es Circe. Puedes tocarla, si quieres. No te hace nada. No sé si es que es muy mansa o terriblemente perezosa - rió brevemente -. Yo soy Jasika, Jasika Dhavernas. Y sí, soy Ravenclaw, pero creo que estoy un curso por debajo. Tú eres... – hizo una pausa, probablemente tratando de recordar mi nombre - Eiris , ¿verdad? -.
- Y tú la única persona en el mundo que lo recuerda a la primera – volví a reír, acercando mi mano, con algo de temor, a Circe - Vale, esto es algo así como una terapia, no me llevo bien con los animales, los que no me dan alergia me arañan, lo consideraré como favor por lo de antes – mi mano, finalmente, acarició el suave pelaje de la gata y no pude evitar una sonrisa de satisfacción - tienes razón, Jasika, es adorable –.
- Bueno, soy mundialmente conocida por tener una gran memoria para los nombres. Y con mundialmente conocida me refiero a que lo saben mi gata, mi hermano y nuestros elfos domésticos. En cuanto a Circe... la verdad es que sólo tiene dos años, su único pecado es ser muy juguetona - la acarició, jugueteando con ella para hacerla rabiar un poco - Ah, y puedes llamarme Jas ... Dime, ¿has encontrado compartimento en esta casa de locos? Yo he encontrado uno en este vagón... sólo hay un par de Ravens de tercero. Si no tienes a nadie esperándote, claro -.
Negué con la cabeza, aún sonriendo por sus comentarios sobre lo “mundialmente conocido”. Vaya, elfos domésticos… Cuando uno tiene ese tipo de servicio, no es precisamente un ‘cualquiera’.
- No, iba a buscar algún sitio tranquilo y ya me planteaba pasar el resto del viaje de pie, la verdad. Esto es peor que Azkabán – dije, con cierta molestia al pronunciar ese nombre – Vamos, ya nada puede ser peor, creo -.
Volví a sonreír, tomando el asa de mi baúl y tirando nuevamente de él.
eiris - 2009-08-14
Sus palabras me abofetearon. ¿Cómo podía? Meterse conmigo era una cosa, pero mi madre no tenía nada que ver. Puede que Voldemort hubiera sido derrotado, pero aún quedaban muchos cavernícolas sueltos, y esta chica era la prueba. No pude contenerme.
- Serás...
Saqué mi varita y le lancé una maldición, la más poderos que conocía, pero mi varita salió disparada por el aire. Otra Ravenclaw se había metido en medio y me había lanzado un expelliarmus. Mierda. Estaba indefensa. Mi varita había volado varios metros para aterrizar en la nuca de otro Hufflepuff de cabello castaño. Dylan, creo que se llamaba. Jasika me apuntaba con su varita mientras me miraba furiosa. No tuvo tiempo de hechizarme, la Ravenclaw que me había desarmado empezó a hablar.
- ¿Qué hacéis? -ví cómo movía su varita, nerviosa, mientras suspiraba.- Altercados en el tren no, por favor... ¡Aquí no! ¿Es que estáis locas?
- Yo no Eiris, pero evidentemente tienes ante ti al primer caso de tejón psicópata que la magizoología jamás ha visto.
¿Psicópata yo? No entendía cómo podía ser tan odiosa. Había sido todo culpa suya; de su estúpida bocaza, de esos malditos prejucios y de aquel bicho que se empeñaba en llamar mascota. Decidí ignorarla.
- Oye... -¿cómo se llamaba la otra chica? Sabía que era Ravenclaw, y debía estar en mi curso, pero no conseguía acordarme- tú, cómo te llames. No te metas dónde no te llaman, esto es entre la nazi esta y yo.
- Entre la nazi y tú o entre el gato y tú -hizo una mueca de desagrado y continuó.- En serio... dejadlo para cuando bajéis. ¿Tan grave es? Y... y... ¡Me meto porque tengo que pasar y estáis en medio!
Bufé mientras la miraba de arriba a abajo. Siendo Ravenclaw había esperado un argumento mínimamente coherente.
- Tú sí que estás loca. -me miraba mal, pero ya no había marcha atrás. Otro enemigo más en Hogwarts... ¿y qué? Deseé poder volver a Londres, olvidarme del estúpido colegio y poder reír y hablar del tiempo con mis amigos de toda la vida mientras bebíamos café en Hyde Park.- Esto es una pérdida de tiempo. Tú -le increpé a Jasika- controla a ese engendro del mal, o la proxima vez que me lo encuentre, lo crucio.
-Creo que todos nos hemos dado cuenta de que eres una pérdida de tiempo, sí -guardí y la varita y recuperó esa sonrisa odiosa, que apestaba a arrogancia.-. Ahora, si vuelves a acercarte a mi engendro del mal, vas a saber lo que es un maleficio de verdad y no esas... -paró deliberadamente mientras movía las manos en un gesto que prentendía ser despectivo,- chispitas que has lanzado antes.
A estas alturas habíamos llamado ya la atención de todo el vagón. Todos estaban pendientes de nosotras y podría jurar que incluso había apostado para ver quién mataba a quién. La otra chica ahora nos miraba, incapaz de volver a intervenir. Yo sabía que, si no me hubiera parado, mi maldición probablemente sólo la habría incendiado la túnica. No era muy buena con la varita, nunca me había interesado bastante... pero eso no tenía por quñe saberlo ella. Si creía que era la única que sabía jugar a ser arrogante, lo llevaba claro.
- ¿Chispitas? Tiene gracia. Esas chispitas, cómo tú lo llamas, podrían haberte cortado la mano.
Dí gracias a todos los dioses que conocía, a Merlín, a Circe e incluso a a los Monty Python cuando ella decidió largarse, no sin despedirse con un ambiguo gesto. Por lo visto había pérdido interés en la pelea, igual que todos los demás, que volvían decepcionados a sus asientos edie - 2009-08-14
Abrí los ojos cuando noté los pasos agigantados y sonoros de Winifred, la elfina doméstica familiar, mientras iba subiendo los escalones hacia mi habitación con ese movimiento tan característico de ella: un paso fuerte, dos pasos despacio, un paso fuerte, dos pasitos silenciosos...
Antes de que tocara con sus delgados dedos el pomo dorado de la puerta, ya me había sentado y despierto del todo, con las legañas quitadas y los párpados bien abiertos.
- Buenos días Winifred – dije cuando la elfina entró por fin en la fría habitación de la última planta de aquella mansión desconocida que se hacía llamar ”hogar” - ¿están mis padres abajo?
Winifred, o Winny como la llamaba yo a veces para molestarla, era una elfina muy obediente que había estado en la familia desde hacía muchas generaciones, siendo fiel a sus cometidos. No obstante, a diferencia de los otros elfos domésticos que he tenido la desgracia de conocer, Winifred ha sido tratado con sumo cuidado y devoción, aplicándole tares fáciles de hacer y sin exceder, pues si de algo se ha caracterizado la familia Strangeford es de ser independientes. A Winny la considero una más de mi familia, incluso se puede decir que la quiero más que a mis padres, pues a ella le he confiado muchos secretos y me ha dado sus consejos cuando se supone que lo tiene prohibido. Asi que no me sorprendí cuando al hacerle aquella pregunta ella me pusiera cara de consolación.
- No están Señor Strangeford, todavía no han vuelto del Ministerio – contestó apenada
- Me lo imaginaba.
Alice y Drúsgan Strangeford, mis padres, trabajan para el Ministerio de Magia, madre en el Departamento de Misterios y padre en el Departamento de Seguridad Mágica (Oficina Contra el Uso Indebido de la Magia). Biológicamente son mis padres pero no han pasado el suficiente tiempo en casa como para recordar que alguna vez me tuvieron. De pequeño si que me molestaba porque, además de no tener hermanos con los que pelear, la única compañía era la de Winny, que se arriesgaba a dejarse pegar tan solo para que me divirtiera.
Esta vez no me dolió tanto que no estuvieran aquí para despedirse de mí porque la tan sola idea de irme a Hogwarts me alegraba. De todas formas no es que en el colegio tenga muchos amigos que digamos, más bien son “compañeros de clase con los que me siento todos los días y con quienes he compartido dos palabras: Hola y Adiós”. No obstante preferiría estar allí mil veces antes que en esta mansión tan blanca y aburrida.
- El equipaje se lo preparé anoche mientras usted dormía – dijo en un susurro Winifred mientras yo me iba cambiando la ropa – Está abajo, en el vestíbulo.
- ¡Muchas gracias Winny! - le guiñe un ojo.
De hecho, si no llega a ser por ella tendría que hacerla en aquel instante. Bajé las escaleras de dos en dos y me encontré allí mismo el baúl con todo preparado. En una jaula dormitaba Swane, mi lechuza negra noruega, la cual si tiene la ocasión te muerde el dedo si te atreves a tocarla. Entonces sentí algo moverse bajo mis pies, un haz azulado y fijé la vista hacia mis zapatos.
- ¡Blued! - y cogí aquella diminuta criatura y me la puse en la palma de la mano.
Blued es el micropuff que me compré en el Callejón Diagon la semana pasada, cuando me compré los libros de sexto. Está rodeado de pelos azul fluorescente que se iluminan en la oscuridad -según el vendedor, debido a una clase de encantamiento- y emitía ruiditos cada vez que la cogía en mis manos. Después de hacerle algunas cosquillas en la barriga me lo puse en el hombro y me fui a la cocina, allí encontré una carta de mi madre:
Dylan, espero que te hayas despertado lo suficientemente temprano como para no perder el Expreso de Hogwarts. Creo que Winifred te ha preparado el baúl mientras dormías, si no me equivoco. Ten mucho cuidado con los líos en los que te metes y quiero que saques buenas notas en tus asignaturas, que no quiero que suspendas los EXTASIS.
Siento no estar ahí para despedirte,
Mamá.
Cogí la nota y la estrujé con las manos. Me fui a la chimenea del salón donde me esperaba Winny con el baúl y la jaula de la lechuza, movidos seguramente por un encantamiento. Le di un beso en la frente a la elfina y, cogiendo unos polvos flu, los lancé a la chimenea diciendo en voz alta: Kings Cross
Cuando abrí los ojos me encontraba en una de las salas de la estación. Salí por la puerta y me encontré dentro de una masa llena de personas que se movían en todas las direcciones: muggles y magos, identificados obviamente por los baúles, las lechuzas y la vestimenta. Sin pensármelo más, y con un gran esfuerzo para llevar todas las cosas (el baúl, la jaula y el micropuff escondido en uno de mis bolsillos), me uní al grupo de magos que se dirigían al andén 9¾. Pasé la barrera mágica como de costumbre y dejé de rodearme de muggles. Lo más fácil de ir sin compañía era que podías entrar rápido y coger un buen compartimento mientras los demás se despedían entre sollozos y sonrisas. Tampoco es que vayamos a la guerra, pensé, aunque preferiría mil veces tener que ir a Hogwarts en la época en la que el Señor Tenebroso volvió y todo estaba en amenaza, al menos sería más divertido saber que en Hogsmeade podías encontrarte con un mortífago con el que luchar
Empecé a caminar por aquel pasillo que parecía que no tenía fin, mirando a diestro y siniestro si encontraba algún compartimento vacío, pero parecía que precisamente hoy la gente no se iba a despedir porque todo el que veía estaba ya ocupado. Estúpidos, siempre se llenan, dije asqueado por dentro, Se supone que yo, Dylan M. Strangeford, debería tener uno para mi solo, pero parece que McGonagall se niega rotundamente a cumplir mi petición
Seguí buscando uno mientras criticaba por lo bajo a la directora, y por ende, a los profesores. Entonces, sin previo aviso, una chica delgada de pelo oscuro (Eiris), la cual pude ver que se levantaba del asiento de una forma un tanto sospechosa dejando atrás a “La Chica Pesada” (vulgalmente conocida), salió de uno de los compartimentos y se chocó conmigo. Había perdido tantos reflejos este verano que el impacto me sacudió como un huracán.
- ¡Mira por donde andas, pringada de la vida! - le grité mientras me miraba la ropa por si me había manchado de algún líquido imaginario.
- ¿Qué? - preguntó la entrometida con una ceja levantada y los ojos bien abiertos - ¿Perdona? ¡Serás tú quien estaba tan ensimismado que no se dio cuenta de que salía en ese preciso instante!
- Por favor, como si yo tuviera la culpa ahora de esto. Lo que me faltaba – dije aun más cabreado por el hecho de que ella, es decir ELLA, se atrevía a contestarme de esa manera. El mundo se va a acabar, pensé – Quita tu sucio cuerpo de mi camino, Rudolph – sarcásticamente dije al fijarme en su nariz roja de sonarse, supuse.
- Oh...no – negó con la cabeza de una forma tan exagerada que me asustó – Lo siento pero yo nunca podría estar emparentada contigo – y puso esa sonrisa de suficiencia que ponemos cuando conseguimos algo que dábamos por perdido. Y luego con una mano se atusó el pelo revolviéndoselo.
- ¡Dios mio! - coloqué las manos como quién reza mientras miraba hacia el techo del pasillo- ¡Gracias por ser tan bueno conmigo! Una persona así, como ella, podría haber manchado el apellido de la familia – y luego volviéndome hacia ella le dije de forma muy cortante - ¿Crees que es una petición? - y como no vi ninguna intención por parte de ella de participar en la obstrucción del pasillo, quedándose justamente donde nos chocamos, ni un milímetro más ni menos, seguí adelante intentado no rozarla. Cuando giré la cabeza vi una mirada amenazadora dibujada en el rostro de la chica mientras yo le hacía un corte de manga a forma de despedida.
Seguí caminando con Blued en mi hombro otra vez hasta que encontré un compartimento casi vacío, no sin antes esquivar a dos chicas que estaban metidas en un pleito femenino. Dentro del compartimento había una chica de quinto con unas gafas inmensas leyendo “Corazón de Bruja” y un chico que iba a mi curso ensimismado en una clase de juego con su ratón. Me senté con un gran suspiro, saqué mi edición de “El Quisquilloso”, lo abrí por la página del centro (por donde siempre abro las revistas) y le eché una ojeada por encima mientras me reía con la noticia sobre unos posibles torposoplos encontrados en África, los cuales se describen como seres invisibles que se meten por los oídos y embotan el cerebro... dylan - 2009-08-08
Tiraba de mi baúl con todas mis fuerzas, arrastrándolo por aquel tren que de pronto parecía inusitadamente largo. Todos los compartimentos que encontraba parecían estar repletos de gente, hormonas y gritos, y yo sólo quería uno un poco tranquilo donde poder sacar alguno de mis libros y esperar con paciencia la llegada a Hogwarts. Pero eso hubiera sido tener mucha suerte, así que aún tuve que caminar un buen rato hasta que creí haberlo encontrado. Estaba en uno de los últimos vagones, y sólo había dos personas dentro. Eran dos chicas de Ravenclaw a las que conocía de vista. Suspiré aliviada y apoyé el baúl en el suelo un segundo, pero lo solté antes de tiempo y la jaula de Circe cayó al suelo, abriéndose, dejándola libre para echar a correr.
-No, maldita sea, ¡no! -hice un gesto de irritación y dejé el resto de mis cosas allí mismo-. ¡Circe! ¡CIRCE!
Por supuesto que no se volvió; no era un animal particularmente obediente. Hice una seña a las chicas del compartimento para que vigilaran las cosas. Asintieron. Supongo que se acordaban de mí porque también hicieron un gesto de saludo. Respondí cabeceando levemente y luego fui tras Circe. Había llegado hasta el final del vagón y rondaba las piernas de una chica. Era una Hufflepuff y me sonaba de algo. ¿Edie, podía ser? Creía recordar que era una chica de séptimo, hija de muggles... Aunque no estaba plenamente segura de que fuese ella.
-Aquí estás...
Me paré a mitad de la frase. La chica miraba al gato con cara de asco. Arqueé las cejas, divertida, y di un paso más, pero lo que hizo a continuación me hizo frenarme en seco.
-Fús, fús. ¡Quita, bicho! -pareció dudar un instante. Luego le dio una patada.
Me quedé helada. Vi a Circe alejarse unos centímetros y maullar de dolor, mirándola como si fuese una persona y se sintiese terriblemente dolida. No me lo podía creer. No todos los días una Huffie cualquiera pateaba a tu mascota sin razón aparente. No me enfadaba fácilmente, pero aquello me había molestado más de lo que yo misma pude reconocer. Respiré profundamente, intentando serenarme, y en unas pocas zancadas me planté delante de ella. Me agaché antes de mirarla siquiera, y la encaré, con la gata ya entre mis brazos.
-¿Qué demonios te crees que haces?
-¿Perdona? Creí que era evidente. Acabo de evitar que ese bicho se folle mi pierna.
-Oh, ya veo -hice un pausa-. ¿Sabes qué pienso? Pienso que este bicho no tiene un gusto tan horrible como para follarse nada que tenga que ver contigo.
Me miró de arriba abajo, con cara de escepticismo. Parecía que no se creyera que hubiera sido capaz de contestarle. Dos años atrás probablemente ni yo me lo hubiera creído.
-¿Por qué no te guardas tus pensamientos para alguien a quien le interesen? Si los vas regalando por ahí me sentiré obligada a darte a cambio alguno de los míos -rodé los ojos, dando a entender que ni siquiera creía que aquella tía supiera pensar-. Acerca de lo estúpido de tu actitud, por ejemplo. O quizás un par de consejos sobre fotografía. Dicen por ahí que tus fotos son una mierda. O una puta mierda, depende de la foto en cuestión.
No pude evitar soltar una carcajada: -Sí, estoy segura de que una tejoncita como tú sabe mucho de fotografía. Todo el mundo sabe que sois todos muy sabios, por eso estáis en la casa que estáis -sonreí, ladeando levemente la cabeza-. Deja que te dé un consejo yo a ti, uno más útil que los tuyos, por cierto: callada estás más guapa. O... -la miré de arriba abajo teatralmente, como evaluándola- algo así.
Amplié mi sonrisa e hice un gesto de despedida, asumiendo que la conversación había terminado y pensando que no era posible que yo tuviera la mala suerte de toparme con aquella tía el primer día de clase. Casi podía imaginarme a mi abuela haciendo augurios sobre cómo un comienzo tan malo iba a influir sobre el resto del curso. Menos mal que estaba varios países más al este.
-Lo de esa manía tuya con las fotos no es lo único que se comenta... -me dijo, antes de que tuviera la oportunidad de irme-. Hazme caso y aprende a darle otro uso a esa lengua tuya.
Ahora sí que no podía creérmelo, ésa chica definitivamente no tenía ni idea de quién era yo. Me habría hecho hasta gracia, de no ser porque era la misma que había desatado su violencia contra mi mascota. Había más posibilidades de que se rumorease de mi amor por los muggles o de mis suspensos que de que se extendiesen habladurías sobre lo que hacía o dejaba de hacer con mi lengua. No es que mi historial romántico fuera precisamente halagüeño, (y menos con Ivan siempre alrededor dispuesto a cortárselas al primer tío que se me acercase.)
-Ey, eso sí que es una respuesta inteligente -enfaticé la frase asintiendo y moviendo las patas de Circe para fingir que aplaudía-. Dime una cosa, ¿fue tu madre muggle la que te enseñó a contestar así? Porque -la miré vistiendo mi mejor expresión de sorpresa- no sabía que los animales pudiesen enseñar nada.
===
OUT. La acción continuará en el post de Edie, pero si algún prefecto (o cualquier otro) considera que debe meterse e intentar pararlas antes de que vuelen el tren, ya sabéis dónde encontrarnos. jasika - 2009-08-07
Arrastrando a Ingraine por los pasillos del Expreso, me di cuenta de que era más fácil controlar los problemas si tenía al lado el origen de al menos la mitad de ellos. Ese año, echaba de menos algunas caras conocidas. La asistencia a Hogwarts no era obligatoria, un mago podía estudiar en casa siempre y cuando fuese capaz de pasar los TIMOS y EXTASIS reglados; también podía ir a otras escuelas europeas. En parte, no me extrañaba que ciertos familiares lejanos hubiesen dejado Hogwarts, daba la sensación de que estaba rodeado de muggles e ineptos. Desde que mantener un linaje mágico puro era un tabú, muchas familias se habían mezclado con muggles y sangre sucias en busca de reconocimiento social. Otras, habían decidido mantenerse fieles a sus creencias, aunque eran pocas.
Vi a Ivan al otro lado del vagón, echándole una larga mirada a una chica bellísima que creía recordar haber visto en la clase de mi hermana. La chica se marchó algo azorada, entre estornudos, y sonreí mentalmente. Ivan Dhavernas era un acosador nato, incluso creía recordarle teniendo éxito con chicas mayores cuando estábamos en primero. Compartir baño con él era como hacerlo con una tía. Tenía más potingues y se emperifollaba más que todos los que compartíamos dormitorio con él. De todos modos, siempre había sido muy majo.
- ¡Ivan! Slughorn me ha pedido que te de esto, en mano –le di una pergamino sin sellar-. Creo que el equipo sigue queriendo obligarte a jugar.
- Qué sorpresa –rió- ¿nunca van a darse por vencidos?
- Lo dudo mucho, deberías enviarles un vociferador. Aunque no nos vendrían mal nuevos jugadores competentes, podríamos por fin restregarle la derrota a Gryffindor – sonreí consciente de que Ingra estaba oyendo la conversación.
- ¡No me busques competidores, enano!
- Mirado así, restregarles la victoria no estaría mal. Claro que no sé si quedaría mucho jugador si mi padre se enterase de que me dedico a jugar al Quidditch, en vez de conseguirle contactos como mi hermana –miró largamente a mi hermana sonriendo de lado-. De todas formas, no creo que este año me necesiten para aplastar a Gryffindor.
- Elegante forma de no involucrarte en un estrepitoso fracaso por parte de Slytherin –dijo ella, sonriendo socarronamente.
- No sabía que fueses adivina. Quizás debería implicarme y ayudar a demostrar que los Gryffindor no sois tan imbatibles como creéis. Tu hermana es toda una Gryffindor, ¿eh?
- Desgraciadamente sí –reí suavemente-. ¿Has tenido unas buenas vacaciones?
Ivan suspiró rascándose el cuello.
- Podrían haber sido mejores. Jasika quiso ir a Nueva Orleans antes que Serbia. Seguro que la parte mágica es maravillosa, pero había tanto muggle que era como ver mi peor pesadilla hecha realidad. Espero que las tuyas... vuestras hayan sido mejores.
- Afortunadamente sin muggles, te compadezco. Parece que se reproduzcan como conejos, están por todas partes.
- Y que lo digas. Y los peores son esos que se las dan de brujos. Van vendiendo supuestos filtros de amor y otras chorradas. Te dan ganas de... –se interrumpió cuando dos alumnos pasaron conversando por nuestro lado. No era muy conveniente decir esas cosas en voz alta, pero le entendía perfectamente.
- Malos tiempos para la libertad de expresión –añadí en un susurro-, por suerte las épocas cambian con más rapidez de la que se cree.
Antes de que pudiésemos seguir con la conversación, dos alumnos de segundo empezaron a cogerse por el cuello de la túnica y a ponerse gallitos para impresionar a unas alumnas de quinto que no les estaban prestando atención. Me despedí brevemente de Ivan y les lancé un hechizo paralizador a los niñatos ¿es que no se podían estar quietos ni cinco minutos?
- Oye -Ingra habló en un susurro- ¿No os tomáis muy a pecho el tema de los muggles? No es que fuera especialmente agradable para papá y mamá cuando el Señor Tenebroso tomó poder. Siempre hablan de esa época como si hubiese sido horrible.
- No tiene nada que ver –ella levantó las cejas-. Una cosa es no querer mezclarte con la purria, otra es que un líder de una secta intente tomar el poder a base de maldiciones. No es una estrategia muy inteligente, sinceramente.
Ella señaló con la varita a una suela de sus zapatos para despegarse mágicamente una chuchería de las tantas que había por el suelo. Alguien se había quedado sin merienda.
- Igualmente… hay cosas más importantes que los muggles. Le das demasiada importancia.
- Lo que pasa –sonreí levemente- es que tú no le das importancia a nada y tienes la profundidad de una bandeja.
Se puso de morritos durante un rato, hasta que encontró a un conocido en el tren y se marchó a hablar a su compartimento. Estaba harto de hacer de niñera, así que me dirigí al vagón de los prefectos para que otro se pasease por mí.
La verdad, es que no era cuestión de superioridad o inferioridad, si no de igualdad. ¿Era justo ser una lacra de la sociedad por mantenerse puramente mágico? Ni siquiera me molestaban los híbridos, no dejaban de ser seres mágicos. E incluso los nacidos de muggles, que aunque dotados de la idiotez de sus padres, había que reconocer que había algo mágico en ellos. El problema era esa sociedad cavernícola que reinaba allá fuera, en el mundo real. Cada día eran más, ocupaban poco a pocos las zonas mágicas de ciudades y pueblos. Un mago no podía vivir libremente, tenía que estar siempre censurado para conservar la felicidad de los muggles. ¿No podían los muggles dejar de comportarse como idiotas cada vez que veían un par de chispas? ¿no podían comprender que había seres que se encontraban por encima de su capacidad de entendimiento? Sin embargo, nosotros, teníamos que tolerar –e incluso respetar- sus guerras absurdas, su suciedad, su caos, sus normas, sus formas de vida, sus insípidas existencias. Si el mundo fuera justo, el 50% del planeta sería mágico, el resto, pueden bombardearlo y llenarlo de máquinas absurdas si lo desean. Simplemente, tener en cuenta donde empiezan y donde acaban las fronteras de dos sociedades totalmente diferentes.
Pero, como le había dicho a Dhavernas, los tiempos cambian. Hacía diez años de este absurdo optimismo pro-muggle. Más que suficiente para hartarse de ello. Y que mejor ocasión y qué mejor lugar, que el décimo aniversario en el lugar más representativo de nuestro mundo.
lancel - 2009-08-07
(…/…)
- Pues, bien empezamos – me quejé, aún secándome las lágrimas – si ya decía yo… no hay año que no se monte un número y yo termine así –.
Le sonreí a mi espontánea acompañante, para quitar hierro al asunto -” ¿cómo demonios se llama?” - y, aprovechando que mis estornudos habían cesado y mis retinas volvían a enfocar el lugar con claridad, clavé mis ojos un par de compartimentos más allá, donde parecía haberse desencadenado todo aquél cúmulo de desastres por la caza de la maldita lechuza.
Iván o, a mis ojos, ‘aquél Slytherin de 6º’, pues aún no conocía su nombre, parecía dirigir su mirada hacia… ¿Mí?. ”Bien empezamos” me dije mentalmente, ”Creo que debería patentar esa frase, empiezo a sonar repetitiva.” Le dediqué media sonrisa a aquél chico y, rápidamente, desvié la mirada hacia la jaula de la desdichada lechuza, que había vuelto a su lugar original, ”esperemos que por mucho tiempo.”
- Es guapo, ¿eh? – mi acompañante me propició un codazo en las costillas y, entre risitas, señaló en su dirección, justo cuando él se giraba para saludar a otro de los chicos de aquél vagón – Estaba mirando… mirándote a ti – canturreó, con cierto retintín y dedicándome un guiño de complicidad.
- ¡Pero no les señales! – le aparté la mano, algo irritada - Estaba mirando por el lío que se ha montado… ehm… - intenté decir su nombre pero, por miedo a pronunciar el incorrecto, preferí hacer una pausa y continuar hablando, como si nada - ¡No me mires con esa cara!. Se lo que vas a decir a continuación y la respuesta es no, sea lo que sea, NO -.
- ¿Cómo no puede gustarte? ¡Mírale! – volvió a clavar sus ojos en el chico. Si en ese momento hubiese tenido un cubo, se lo habría acercado y apuesto mi varita a que lo habría llenado de babas en menos de dos segundos.
Yo agaché la cabeza, aquello empezaba a incomodarme. Si había algo en el mundo que odiase – incluso más que fallar en clase de pociones - era hablar sobre mí misma; y aquella chica comenzaba a adentrarse en terreno pantanoso. En esos momentos, tuve el impuso de levantarme de aquél asiento y dejarla con la palabra en la boca, pero no me lo podía permitir, ”tampoco es mala persona, solo un poco pesada; y, bueno, ya queda menos para llegar”. Suspiré y procedí a responderle:
- No he dicho que no me guste – la vi abrir la boca para replicarme pero, antes de que lo hiciera, le dediqué una mirada de exterminio que la hizo frenar en su intención – Ni he dicho que sí… así que, como no es más que un chico, tampoco debemos poner el vagón patas arriba, ¿no crees?. Nos queda un curso entero para discutir el asunto -.
- Eiris, ¡Por todos los magos del mundo!, ¡Eres una Ravenclaw! – bufó – deberías mostrarte dispuesta -.No pude evitar una carcajada.
- Dispuesta de mente, sí, no de cuerpo – repliqué, en una mueca, llevándome las manos a la cara. Empezaba a desesperarme – Y ahora, ¿por qué no me sigues contando sobre tu novio? Creo que hemos dejado la conversación a medias -.
- Vale – se encogió de hombros y sus labios empezaron a escupir palabras que, ahora sí, ni siquiera me molesté en escuchar.
A ratos, con la mirada, buscaba a alguien conocido en aquél vagón para que me salvase de la tortura que suponía aguantar a aquella chica sin nombre todo el camino que nos quedaba hasta alcanzar Hogwarts. ”No, definitivamente, no es un poco pesada, ¡es como echarse un maldito gigante a la espalda!. ¿Y si le hago algún hechizo durmiente?... No, nada de líos, mejor la ignoro.”
---------
OUT: Si alguien quiere ‘salvarle la vida’, que me contacte (:
eiris - 2009-08-06
Ignoré al imbécil de Knight poniéndome las gafas oscuras muggles que había encontrado una vez abandonadas en Kings Cross y miré a Natalee mientras se arreglaba el pelo con la ayuda de su reflejo en la ventana. Era una persona de la que se podían tener dos opiniones. Primero, una pija malcriada marimandona y extorsionadora. La segunda, simplemente mucha extravagancia en un cuerpecito delicado y frágil. A mí ni me molestaba ni me daba pena, era muy interesante verla tan concentrada en sus puntas o en sus cutículas.
- ¿Qué tal el verano Rayne?
- Bien, aunque podría haber terminado mejor –deja de mirarse a su misma para dedicarme un poco de atención-. ¿Y el tuyo, Despard? ¿Entretenida con tu hermano pequeño?
- Ajá –asentí rotundamente-. ¿Ya has encontrado a alguien para que te lleve las maletas? Si no tienes a nadie puedo hechizar a este – señalé a Knight con el pulgar mientras él mascullaba algo sobre tirarme por alguna torre.
- No me gustaría lesionar a ningún jugador de mi casa por no poder llevar mis maletas. Seguro que hay algún voluntario, o voluntaria –sonrió inocentemente.
- Hm tienes razón –no le habían faltado burros de carga en siete años, no le iban a faltar ahora-, aunque si lesionas a este le harías un favor a tu casa, créeme.
Intercepté un par de insultos por parte del Slytherin y volví mi atención a Natalee, que se acariciaba el pelo.
- Te ha crecido mucho este verano –sonreí.
- Sí, tengo esa suerte –se apartó la cortina de pelo con un aspaviento- ¿Por qué no te dejas crecer el tuyo, Despard?
- Creo que no sería muy útil, es fácil coger del pelo a alguien cuando te peleas –y siendo sinceros, esa era una situación que se daría antes o después-. Además, somos diferentes, tú eres una señorita. A ti se te queda bien.
- ¿Quién va a querer pelearse contigo? – se puso cómoda en el asiento tras una pequeña pausa-. Soy más que una señorita, porque las señoritas sólo saben pelearse tirándose del pelo, y yo no. Peléate con gente de cierto nivel y déjate crecer el pelo –sonrió enseñando sus dientes perfectos.
- …Eres muy mona–me dieron ganas de comprarle chucherías y pellizcarle los mofletes. Evidentemente me contuve.
- Y tu muy sincera – sonrió satisfecha.
La puerta de nuestro compartimento se abrió de improvisto. Una cara conocida levantó las cejas, llevaba la reluciente insignia de Prefecto. Lancel me saludó con una sonrisa efímera.
- Hola Rayne, cada año estas más encantadora- Rayne sonrió encantada. Hay que ver lo pomposo que era siempre.
- Se nota que sois hermanos –nos miró- ¿Seguro que no tenéis algún tipo de conexión mental secreta?
- …Es la primera vez que dicen que nos parecemos- dijimos los dos a la vez, un poco escépticos. Nos miramos el uno al otro, y Rayne y Kight observaron con curiosidad la escena.
Noté el absurdo calor subir a mis mejillas mientras Lancel rodaba los ojos. De alguna forma sus traspiés siempre quedaban elegantemente zanjados y los míos hacían resonar risotadas por el Gran Comedor y más allá.
- No podéis negra la evidencia, queridos – dijo ella con voz cantarina.
Mi hermano echó un último vistazo al compartimento y, tras comprobar que nadie se había mentido en líos, se despidió pomposamente de Rayne.
- Creo que te voy a honrar con mi presencia en tu ronda, enano. Necesito estirar las piernas.
Pasé por su lado para salir al pasillo del tren y oí como Lancel suspiraba, resignado.
- Que tengas un muy buen viaje, Natalee. Y tu –espetó a Kight-, no hagas perder puntos a nuestra casa con tus gilipolleces.
Cerró la puerta antes de que Adam pudiese soltar su acostumbrada tanda de insultos altamente ofensivos –pero que a Lancel le daban más bien igual.
Le seguí, hablando de tonterías, mientras revisaba uno por uno los compartimentos. Me comentó que el profesor Slughorn parecía mucho más viejo y menos lameculos que en años anteriores, e incluso se sintió lo suficientemente valiente como para insinuarme que ahora podía castigar a los que se pelearan en los pasillos.
- ¡No irás a castigar a tu propia hermana querida!
- ¿Cuándo he dicho yo algo semejante? – dejó escapar una sonrisa socarrona y miró tras de mi, donde al parecer había alguien a quien conocía.
OUT
Presto voluntario a Lancel para rolear con Ivan, a no ser que se me haya adelantado alguien :)
ingra - 2009-08-06
Mi hermana se perdió entre la gente enseguida. El andén empezaba a estar a rebosar y era hasta molesto. Eché un vistazo a alrededor. Un segundo antes creía estar seguro de haber visto a... Pero no, ya no. O se había alejado entre la gente o me había dejado llevar por una confusión y en realidad nunca había estado allí. Cabeceé, apartando a un grupo de niños y tomando mi decisión. Después, me giré y deshice el camino que había hecho, en busca de Jasika, pero ya no estaba allí. Igual se había encontrado a alguna de esas compañeras suyas o se había decidido a subir al tren. Estupendo, pensé. Sí, estupendo era estar allí, arrastrando el baúl a empujones y sin encontrar a nadie. Quizás mis amigos llegarían tarde. Tampoco es que fuera nada del otro mundo, así que bufé y me dispuse a seguir mi camino, encaminándome hasta el último vagón. Aquel era el mejor. Puede que el desfase del que tanto se hablaba, sobre todo entre los más jóvenes, no existiese, no realmente, pero aún así era mejor que cualquiera de los otros. Y, por alguna razón, parecía como si los más pequeños le tuvieran alergia, al menos normalmente. Eso era un extra a tener en cuenta.
Dejé mis cosas en el primer compartimento que encontré libre allí detrás y salí dejando todo atrás y aventurándome en una misión suicida por los pasillos. Así al menos encontraría a alguien o podría echar un vistazo a ver qué tal habían vuelto de vacaciones... bueno, las chicas de Hogwarts.
-Perdona -me paró una Hufflepuff de catorce o quince años a mitad de camino-, ¿tú has visto a mi prima?
Me quedé descolocado por un segundo, para luego dirigirle una mirada irritada.
-¿Tengo cara de saber siquiera quién es tu prima? Por Slytherin, cada vez son peores.
La chica me miró resentida. Era una de esas cuyos padres iban por ahí proclamando el amor a los muggles. Me ponían enfermo.
Seguí mi camino. Saludé a algunos miembros de mi casa con los que me llevaba más o menos bien y esquivé a algunas chicas que no me tendrían mucho aprecio después de algunos problemas que habíamos tenido el año anterior. Saludé a varios miembros del equipo de quidditch con el usual este año la copa es nuestra, los vamos a machacar y, finalmente, vislumbré a uno de mis amigos al otro extremo del vagón en el que acababa de entrar.
-¡Eh!
Estaba de espaldas, así que no me vio. Aceleré un poco, tropezando por el camino con una jaula tirada en medio del pasillo. La lechuza revoloteaba alrededor, dando gritos lastimeros. Dos chicos se apresuraban a recogerla y al levantar la vista, un par de compartimentos más allá, me pareció ver a una chica que me sonaba. Era una Ravenclaw de séptimo año, si no estaba mal. Una morena muy guapa a la que ya había echado el ojo anteriormente y que parecía estar pasando un mal rato, estornudando sin parar. Su amiga (mucho más del montón) le tendía un kleenex, sin entender mucho qué le pasaba. ¿Cómo se llamaba...? No podía recordar el nombre, aunque estaba seguro de que alguna vez había hecho algún comentario con mis compañeros. Estuve a punto de acercarme al compartimento, a interesarme por ella, pero una voz interrumpió mis pensamientos.
-Ivan.
Mi compañero me miraba desde unos metros más allá. Hice un gesto de cabeza y, lanzando una última mirada a la chica, me dirigí a saludarle. ivan - 2009-08-05
Aunque mi madre se había marchado hacía más de diez minutos, todavía tenía media hora larga antes de que saliese el Expreso. Una de las cosas buenas de llegar antes que la mayoría era que podía elegir compartimento. Los dos últimos años me había tocado el asiento con el desconchón en la tapicería y no pensaba repetir la experiencia. Este año lo tenía claro, quería ir en el último vagón. Llevaba seis años oyendo que que el último vagón era el mejor que nadie lo controlaba, que se podía hacer literalmente de todo... No estaba dispuesta a perdérmelo. Por suerte para mí cuando llegué todavía no estaba ni medio lleno. Tan sólo había una Ravenclaw que garabateaba distraidamente en un cuaderno y dos Gryffindors a los que nunca había visto antes. Ambos interrumpieron su conversación y me dedicaron una larga mirada para decidir que no les interesaba. Bufé. Estaba harta de aquello. Joder, ¡había vida más allá de Gryffindor y de Slytherin! Puede que los Ravenclaw se conformasen pensando que ellos eran los más inteligentes, que eran superiores al resto de los mortales. Pero, ¿y nosotros? Los demás alumnos nos veían como las sobras, como si Hufflepuff fuese la casa comodín dónde el Sombrero te mandaba si no tenías nada que mereciese la pena. ¡Ja! Puede que no fuésemos tan agudos como los Ravenclaws, ni que tuviésemos tanto valor como un Gryffindor, o la capacidad de adaptación de un Slytherin. Pero éramos muy sociables, increíblemente tolerantes y, la mayoría de nosotros, incapaces de negarle nada a nadie. Valientes hipócritas... Nos despreciaban, sí, pero también les encantaba que estuviésemos dispuestos a hacer cualquier cosa. De hecho, ese era uno de nuestros principales encantos.
Decidí ignorarlos –ni siquiera estaban buenos- y saqué mi mp3 del bolsillo. Conocía de sobra a mis amigos como para saber que no llegarían hasta el último momento. Hacía meses que no les veía. Puede que no fuésemos las mejores amigas del mundo, pero después de seis años compartiendo dormitorio y de cinco y medio encubriéndonos la una a las otras habíamos aprendido a tener una relación bastante buena. Muchas risas, muchos cotilleos... Todo bastante superficial, ¿pero quién necesitaba algo más? Ya tenía a mi madre para las cosas serias.
Después de canción y media la puerta de nuestro compartimento volvió a abrirse. Nuestro compartimento se había llenado hacía más de diez minutos, no cabía ni un alfiler más. Aún así los dos mocosos que habían abierto entraron y se apretujaron entre dos chicas de tercero. Como todo en Hogwarts los rumores sobre el último vagón eran terriblemente exagerados. Lo más excitante que había pasado desde que dejamos King’s Cross fue cuando la lechuza del Gryffindor de los ojos negros casi se come el sapo de una cría de primero. Por los pantalones de Merlín, aquello era insufrible. Cogí mi uniforme y salí del compartimento. Aprovecharía para dar una vuelta y de paso, ponerme la túnica. Nunca me había gustado demasiado, era demasiado larga, demasiado opaca. Apenas llevaba dos segundos con ella puesta y ya estaba deseando quitármela. Suspiré, aún quedaba todo un curso por delante. edie - 2009-08-05
Mi madre me despertó antes de lo previsto, provocando que mi mal humor durante los primeros diez minutos de cada mañana se incrementase y elevase a la máxima potencia.
- ¡Eiris, cielo!. Hoy es el gran día, ¡De vuelta a tu mágica rutina! – exclamó, acompañando su estridente tono de voz con una palmada que me martilleó los tímpanos de la forma más desagradable que alguna vez viví.
- Mamá, por favor – me llevé una mano a la frente y puse los ojos en blanco – no grites, que ya con mi amarga emoción me sirve -.
- Eh, jovencita… Nada de ironías esta mañana, ¿de acuerdo?. ¡Y levántate que llegarás tarde!, el desayuno está en la mesa, tus cosas junto a la puerta y tía Shioban en camino para llevarte en coche -.
- ¿Se ha muerto ya la lechuza? – ella negó, lanzándome una mirada de reprobación - ¡Mierda! – murmuré, entre dientes, mientras me desvestía para meterme en la ducha, intentando controlar la risa que me provocaba su reacción ante mis intentos de eliminar aquél extraño mal humor, mezclados con el nerviosismo que, cada 1 de septiembre, me acompañaba hasta mi llegada a la torre Ravenclaw.
Pasado el desayuno y tras las correspondientes muestras de cariño de mi madre, a modo de azucarada despedida, el trayecto de poco más de una hora en coche hasta Londres se me pasó volando. Allí, el andén 9 ¾ me recibiría en su habitual halo de misterio y – a mi afectado sentido del olfato - olor a lechuza, ”malditos bichos provocadores de …¡Achús!”, estornudé tres veces seguidas, sin poder siquiera terminar la frase.
- Olvidaste tu arma más efectiva – dijo tía Shioban, entre risas; alargando su brazo y ofreciéndome un paquete de kleenex.
- Gracias, aunque llevo cientos en la maleta – sonreí y lo guardé en el bolsillo trasero del pantalón, dejando uno fuera a modo de fiel acompañante durante la primera parte del trayecto hasta Hogwarts.
Al subir al Expresso, agaché la cabeza y clavé mis ojos en la marcha de mis pasos, con la pretensión de alcanzar pronto un sitio libre, alejado de molestos ruidos o cualquier cúmulo de aves y/o jugadores de Quidditch que gritasen a los cuatro vientos lo maravillosa que iba a ser su victoria de este año. ”Si premiasen los deseos más imposibles, ya tendríamos una foto mía en la estantería conmemorativa de la torre”, pensé, riendo para mí misma.
A modo de bienvenida, algunos conocidos de Slytherin se mofaban de mi presencia, invitándome a ir a revisar sus lechuzas o a contar el número de estornudos con el que les deleitaría este año durante el trayecto a la escuela; no les respondí, simplemente decidí que era mejor pasar de largo y dejar que se consumiesen en su espinoso orgullo. De golpe, una mano me tomó del brazo, frenando mi marcha y haciéndome girar con cara de sorpresa, al tiempo que tragaba saliva, intentando controlar una mala reacción.
- ¡Hey!... ¿Qué tal el verano, Eiris? – me preguntaba una alegre chica con la que compartí alguna que otra clase, pero cuyo nombre me resultó imposible de recordar – Siéntate aquí si quieres –.
Apartó un enorme baúl del asiento contiguo al suyo y me dedicó una mirada de cordero degollado a la que, por el bien de mi escasa vida social, decidí no resistirme.
- Gracias – le sonreí, tomando asiento – El verano como siempre, no es una época en la que acumule muchos sucesos emocionantes que contar – añadí, manteniendo la sonrisa - en casa, con la familia, poco más -.
- ¡Suena aburrido! – mi espontánea acompañante reía como loca – Pues anda que si supieras todo lo que me ha pasado a mi… tuve una horrible pelea con mi novio, ¿sabes? Pensaba que le perdía, pero nada más allá… al final todo resultó un absurdo malentendido -.
Mis ojos se abrieron como platos, “¿Es que tengo cara de consejera matrimonial o algo así?... Siempre me pasa igual, en fin.” Carraspeé y, con media sonrisa en los labios, procedí a mi casi esquemático protocolo de consejos para mantener a un novio. Y así me llevé todo el viaje: aconsejando y, entre frase a frase, estornudando y pidiendo perdón a aquella chica por interrumpir la conversación con mis momentos de lucha contra la rinitis alérgica, aferrada a mis ‘efectivas armas de cellucotton’ (*).
-----
(*) Cellucotton: Nombre del material de que están hechos los kleenex o pañuelos desechables.
eiris - 2009-08-05
Aquel día no podía parar de pensar que empezaba otro curso más en Hogwarts (otro puto curso más), y lo que más me jodía es que no iba a ser mi último curso allí, ya que empezaba sexto de nuevo. Repetir curso fue toda una putada, y ya desde el primer día me estaba arrepintiendo de la decisión.
En realidad, cumpliría los 17 ese año, así que al ser mayor de edad no tenía por qué ir a la escuela. Lo malo es que muchos equipos profesionales de Quidditch exigían el graduado, así que no me quedaba más remedio. A fin de cuentas, el Quidditch era de las pocas cosas que me gustaba hacer que dieran dinero.
Al subir al Expreso, todo estaba lleno de niñatos con baúles más grandes que ellos y que no hacían más que estorbar y ponerse en medio de los demás.
—¡Mira por dónde andas, enano!
Un mañaco hufflepuff tropezó conmigo, poniéndome aún de más mala leche. Si es que parece que los hagan a todos con moldes y nunca haya suficientes neuronas para repartir.
Me metí en el primer compartimento que me encontré y me dejé caer en uno de los asientos. Me fijé entonces en quién había allí conmigo: una slytherin, y... Despard. La conocía porque hasta ahora iba a mi curso y era cazadora de Gryffindor, y me encantaba restregarle por la cara cuando ganábamos nosotros. Qué demonios, me encantaba restregárselo siempre.
—Este año os vamos a barrer.
—Desde luego tu escoba no sirve para nada más que quitar el polvo —bostezó teatralmente. Odio cuando trata de humillarme.
—Mi primera bludger será para ti —aunque esto ya era más tradición que otra cosa.
—Awww, no merezco tanto amor. ¡Y ahora fuera, quiero dormir! —me lanzó su bufanda de Gryffindor a la cara, y yo la tiré por ahí.
No habíamos empezado el curso y ya estaba asqueado de mis compañeros. Genial. Me quedé mirando el paisaje borroso por la ventana, hasta que alguien me golpeó con su brazo.
—¿Y a ti qué coño te pasa?
—Se llama bostezar, ¿te hago un croquis?
—Se llama tocar los cojones. La mitad de Gryffindor debería estar en Hufflepuff —mascullé.
—¡Oh, no, qué dolor! —Hizo como si se clavara un cuchillo en el pecho de forma asquerosamente teatral—. No sigas por favor, ¡no podría seguir aguantándolo!
—¿Dan un premio a la más Drama Queen del año? Seguro que lo ganas, con la de palizas que os vamos a dar.
—Si lo dan, seguro que es mío. Ya sabes que suelo ganar todo lo que tú pierdes —sonrió burlonamente, y se puso unas gafas de sol que sacó de uno de sus bolsillos—. ¿Qué pasa, repetiste sólo para poder seguir viéndome, o es que te han echado a patadas del resto de cabinas? Dioses, espero que sea lo segundo.
—Sigue soñando —maldita gryffindor.
Maldita escuela. adam - 2009-08-04
-Despierta, enana.
La voz de mi hermano me despertó cuando cardiff aún estaba envuelta en oscuridad. Ya estaba vestido y probablemente llevaba un buen rato despierto y preparando cosas para el viaje. El resto de la ciudad dormía mientras yo me desperezaba y mi hermano me miraba sonriente. Era 1 de septiembre, y Hogwarts nos esperaba con sus pasillos laberínticos, sus fantasmas y sus cuadros charlatanes. Y con su ausencia de muggles, hubiera añadido Ivan también.
-¿Qué hora es?
-Tarde, te he dejado dormir media hora más. Así tendrás que darte prisa en lugar de pasarte media hora en el baño -me dijo. Me escandalicé, era él quien se pasaba media hora en el baño.
Miré el reloj que teníamos junto a la cama: tenía razón. Era toda una suerte que al final nos hubiésemos decidido a preparar los baúles la noche anterior. Nos había costado ponernos a ello. Esa misma mañana habíamos vuelto de nuestras vacaciones. Habían sido las mismas vacaciones de todos los años. Primero, dos semanas a un lugar nuevo. Este año habíamos recalado en Nueva Orléans, un sitio que siempre me había intrigado y que mi hermano tardó poco en detestar. Lleno de turistas, murmuraba cada dos por tres. Lo cierto era que la Nueva Orléans mágica era el lugar más fascinante que podías imaginarte, pero él no lo apreció tanto. Luego viajamos a Serbia a pasar el resto del verano, a la Mansión familiar, con la abuela Danica y los primos, como siempre. Después de tantos años, seguía encantándome el ambiente que había allí y lo distinto que era todo (y todo el mundo) del Reino Unido.
-Será mejor que te levantes, pequeña, o llegaremos tarde.
Pequeña, enana... Ivan me llamaría así hasta cuando tuviera nietos, pero tampoco me importaba. Sabía que lo decía con cariño y, de todas formas, no podía negarlo. Éramos mellizos y habíamos nacido el mismo día, pero yo era diminuta y él un gigante a mi lado. Pero tenía razón, era hora de levantarse y arreglarse, así que tiré las sábanas a un lado y me levanté a toda velocidad. Él se rió y se marchó, dejándome sola mientras yo me metía corriendo en el baño.
Una hora después estábamos en uno de los coches de nuestros padres. Eran grandes, lujosos (y caros) y podían escabullirse por espacios en los que aquellas chatarras muggles no hubieran podido entrar. Durante el viaje hablamos de los planes para el curso. Los suyos incluían meterse en líos, colarse en fiestas y conquistar a la mitad de la población femenina del colegio, probablemente. Además, él dejó claro que pensaba que estaba loca por cursar tantos Éxtasis, y yo le respondí que no entendía por qué él había optado por seguir estudiando Cuidado de criaturas mágicas con ese salvaje que teníamos por profesor.
-Siempre viene bien saber algo de esos bichos -se encogió de hombros-. Y es divertido de ver.
-Y con suerte, estudiaréis los dragones el año que viene.
Él se limitó a sonreír y esquivar mi mirada. Sabía que era su sueño frustrado, cuidar dragones, y sólo podía imaginar la cara que pondrían nuestros padres de saberlo.
Justo en ese momento el conductor avisó de que habíamos llegado y, efectivamente, al salir del coche, King's Cross se alzaba ante nosotros. Quedaba aún media hora para que el tren saliese, pero ya se notaba un considerable goteo de magos y brujas que arrastraban sus baúles al interior de la estación. Nosotros hicimos lo mismo y unos minutos después atravesábamos la barrera al andén 9 y tres cuartos. Circe se removió molesta en su jaula, maullando. Nunca le habían gustado las grandes multitudes, y allí había ya mucha gente.
-¿Has quedado con alguna amiga? -me preguntó Ivan nada más entrar.
-Nah. Me encontraré con las chicas de clase en el tren, supongo. O en Hogwarts.
Él sacudió la cabeza, demostrando lo que pensaba de lo que él llamaba 'esa manía tuya de ser tan independiente' y que pensaba que me llevaría a convertirme en una solterona. Luego miró alredor, indeciso. Habría visto a algún amigo suyo, así que asentí con una sonrisa, dejé que me diera el habitual beso en la mejilla y le vi alejarse empujando su baúl y esquivando niños. Yo me quedé allí plantada un rato, hasta que me decidí a subir al tren y buscar un compartimento donde poder echar el primer vistazo a los libros del curso. Aquellos pasillos ya estaban atestados de niños de primero y segundo que correteaban de un lado a otro o subían y bajaban del tren sin decidirse a despedirse de sus padres. Suspiré, iba a tener que armarme de paciencia. jasika - 2009-08-03
-Vamos Travis, llegarás tarde!- miré hacia la puerta como si mi madre estuviese allí.
Maleta hecha, Valdemar en su caja, libros empaquetados, uniforme puesto y mi abrigo reposaba en la cama a mi lado; faltaban dos horas para salir... ¿Cómo (en nombre de Merlín) podía llegar tarde? Bufé.
Valdemar me miraba desde la jaula, pero no pensaba abrirla. Tenía pánico a viajar y olía el dia de vuelta a Hogwarts como si fuese pescado podrido, de modo que por más que me suplicase con sus ojos amarillos no pensaba soltarle.
Abajo, Madre fregaba los platos, podía oírla. Si yo fuese una buena hija habría bajado y pasado los últimos momentos con mi ella. Si yo fuera una buena hija me habría despedido en condiciones y deseado buen año. Si yo fuera una buena hija habría prometido volver en Navidad.
Supongo que no soy una buena hija. Aunque ella tampoco se había comportado nunca como una buena madre.
Repasé mentalmente la lista de cosas que hacer al llegar, mientras fijaba los ojos en mi nueva Saeta (heredada del primo de la hija de un amigo de mi madre) que sin duda me haría ganar puntos en el próximo torneo...cualquier cosa mejor que aquella estúpida escoba vieja que había estado transportándome hasta aquel día.
Una pequeña sonrisa de orgullo me cruzó el rostro mientras me dejaba caer hacia atrás, quedando tumbada en la cama. Hice bailar la pequeña chapa de prefecta ante mis ojos. Me había llegado apenas hacía unos días. No se lo había dicho a nadie, ni siquiera a mi madre. Quería hacer la entrada triunfal el primer día en el comedor. Sí, era un pequeño placer que me reservaba. Era la mejor. La más guapa, la de mejores notas, la que caía bien a los profesores, la buscadora del equipo y ahora... Prefecta. Solté una risotada. Simplemente aquel año sería “prefecto”.
El bullicio de la estación me producía jaqueca. Era una especie de ola espesa de ruido que me hacía acelerar el paso sorteando a la gente que parecía venirse contra mí.
-Travis! ¡Travis espera!- Linette, del equipo me perseguía a la carrera entre la gente. No me caía bien. Era bajita y torpe, pero buena en lo que hacía. Por alguna razón yo si le caía bien a ella, de modo que a veces nos sentamos juntas en algunas clases- ¿Qué tal el verano?
-Bien, como siempre, de viaje con mi madre.-Mentira y gorda. Había pasado el verano estudiando los libros de sexto curso para tenerlo todo listo antes de empezar. Pero no iba a admitir que me había pasado los dos últimos meses y pico memorizando hechizos y apuntes; tenía que parecer que aquello era natural, algo inmanente a mi persona, que tenía un don que jamás había tenido-
- Qué suerte. Yo me fui al pueblo con mis padres. Teníamos que ayudar a mi abuela a... -ni la escuchaba. Sonreía a un chico muy mono que había cerca de una de las columnas. No le conocía. Seguramente era uno de los renacuajos de segundo o tercero que ahora había pegado el estirón. Le señalé disimuladamente cual era mi vagón y esperé que hubiese pillado la indirecta.
Si conseguía un admirador mas el viaje a Hogwarts sería más divertido, sin duda y serviría para dejar claro a la pequeña Linette que, por muy buena que fuese, siempre estaría en segundo lugar.
OUT DE LA ADMINISTRACIÓN
Primera y última vez que corrijo un post en este Rpg, avisada quedas, que ya nos conocemos xD A la próxima lo borro -o-
travis - 2009-07-26
Atravesé el estrecho pasillo del tren, evitando chocarme con la multitud de niños –y no tan niños- que correteaban de arriba abajo. Ya me había cambiado con el uniforme Slytherin y me había colocado la insignia de Prefecto para poder asistir a la primera reunión del curso. El primer vagón del tren estaba reservado a personal y Prefectos, aunque los profesores por lo general preferían ahorrarse el camino en tren y simplemente utilizaban otros métodos de trasporte. Cuando abrí la puerta corredera, dentro sólo esperaba la mujer que llevaba el carrito de los dulces y un par de Prefectos de séptimo jugando a cartas. Ravenclaws.
- Buenos días –me acomodé cerca de la puerta. La chica levantó la vista.
- ¡Despard! ¡Qué sorpresa! –ironizó sonriendo-. ¿Tienes ya tus órdenes?
- Me temo que no – ella señaló una bandeja de plata con diferentes pergaminos sin separar los ojos de la jugada de su compañero.
Cuando acerqué la mano, el pergamino con mi nombre se adhirió a mis dedos antes de que pudiese rebuscar. Suspiré al ver como el contenido se desplegaba hasta dar con mis rodillas. Básicamente, las normas de siempre, además de ciertas tareas, como tener que turnarnos para hacer guardias durante las fiestas y fines de semana. También teníamos derecho a quitar puntos, sólo en casos especiales y en pocas cantidades. Decía que teníamos acceso a los baños de los Prefectos.
- ¿Baños de los Prefectos?
- Es algo así como un jacuzzi mágico, con burbujas y chorradas de esas –el Prefecto de séptimo robó una carta. Preferí no preguntar qué demonios era un… lo que sea. Ya lo averiguaría cuando tuviese tiempo.
Poco a poco el resto de Prefectos de las otras casas fue llegando, junto al Profesor Slughorn. Se encargó de explicarnos las normas con bastante inexactitud y me di cuenta de que algo había cambiado en él. Quizá es que no era consciente de que Horace Slughorn tenía ya una edad avanzada, y su dieta a base de pastelitos y bourbon no era especialmente saludable, pero se le veía muy envejecido. Había perdido gran parte del pelo que el año pasado aun conservaba y rebuscaba nerviosamente en los bolsillos de su chaleco un reloj que en realidad guardaba en los pantalones.
Quizá no era algo tan extraño. Todo el mundo sabía que las clases de el Profesor Slughorn habían ido decayendo poco a poco hasta ser una sombra de lo que fueron el primer año. Muchas veces, en contra de la voluntad de la directora, empleados del Ministerio le habían entrevistado, intentando encontrar algo en su oscuro pasado. Y no era así solamente con él, mi padre había perdido su puesto de economista en el Ministerio, degradado hasta ser el encargado del papeleo en una sección de poca importancia. Habíamos tenido que vender gran parte de nuestras pertenencias en los últimos diez años, ahora nuestra casa era un lugar medio deshabitado. Recordaba haber visto a más de diez elfos domésticos en las cocinas de niño, las nuevas leyes de Liberación de Los Elfos se los habían llevado, más en contra de su voluntad que como ayuda –aun recordaba a los elfos llorando agarrados a los marcos de las puertas y haciendo el drama acostumbrado-. Ahora sólo dos se ocupaban de la casa y teníamos que pagarles una vez al año por sus servicios. Ellos guardaban las monedas en su habitación y hacían manualidades con ellas.
Hoy en día, ser mago no era tarea fácil. Y era una situación, más que injusta, asquerosa. ¿Los sangre sucia querían andar por ahí como si fuesen realmente magos? De acuerdo, ningún problema. Pero que el simple hecho de pertenecer a un noble linaje mágico pareciese un delito, era un insulto. Incluso algunos magos habían empezado a vestir como payasos daltónicos, porque cualquier tipo de elegancia y sobriedad era señal de sospecha. Y así estaban las cosas. Nadie parecía acordarse de que el mismísimo Lord Oscuro había sido descubierto sangre sucia, mientras que Harry Potter procedía de una familia pura. La falta de pureza parecía era signo de fracaso, no de alegría.
La reunión acabó media hora después, y los demás se marcharon hacia sus vagones. Yo me rezague un momento ante las señas del Profesor Slughorn.
- ¡Me alegro de su ascenso señor Despard! Supongo que no veré a su hermana con esa insignia este año tampoco.
- Supone usted bien –intenté sonreír.
- Bueno, bueno, no se puede ser perfecto –me guiñó un ojo.
Parecía dispuesto a visitar al maquinista, así que le pregunté directamente:
- ¿Tiene también este año preparado dar alguna fiesta, profesor? – me miró de reojo sopesándolo un momento. Esperaba un “sí” rotundo, pero no fue exactamente lo que encontré.
- Ya veremos – y desapareció tras la puerta.
Salí del vagón un poco molesto. No sabía si eso significaba que yo (YO) estaba fuera, si era así, podría haberse ahorrado las felicitaciones. Eran fiestas muy provechosas, lo habían sido todos los años, había conocido a ciertas personas de gran importancia y no me gustaba en absoluto verme excluido de ellas.
Un compartimento a mi derecha se abrió de golpe y un pelirrojo chocó conmigo aplastándome contra las ventanas.
- …Perdón, yo no… sólo salía y… - había bajado tanto la cabeza que probablemente ni sabía con quien había chocado.
- No tienes once años, Roy -espeté-. Mira por donde andas.
Y me largué en busca de compañía recomponiéndome el uniforme.
lancel - 2009-07-22
Llevaba media hora removiendo los cereales con leche sin apenas prestar atención a lo que hacía. Era temprano, muy temprano, y tenía mucho sueño. Medio Glasgow debía estar durmiendo aun, pero yo tenía que ir hasta la “Buchanan Bus Station”, coger un bus hasta Preston, y de ahí coger otro hasta Londres, donde nos estaría esperando el Express de Hogwarts. Iba a pasarme horas y más horas sentado sin hacer otra cosa que intentar pasar desapercibido y mirar el paisaje, aparte de cruzar los dedos para llegar a tiempo y que el tren no se fuera sin mi. Podría haberme evitado todas eso si mi abuela me hubiera permitido usar Polvos Flu o me hubiese llevado ella misma, pero su respuesta siempre era no.
- Soy demasiado vieja para coger un trasto de esos, y tu demasiado inepto como para coger uno y no matar a alguien, seguramente con tan mala pata que ese alguien no sería un muggle, sino un mago del Ministerio o un auror.
Así que, como hacía dos años, me tocaba llegar a Hogwarts sin apenas haber dormido. Suspiré y agaché la cabeza, casi terminando con la nariz dentro del bol a rebosar de leche. Me froté las sienes y empecé a comer antes de que se hiciera demasiado tarde.
- Chico, te he dicho mil veces que te vistas antes de bajar a desayunar.- mi abuela apareció de la nada con un batín de seda y unos zapatos de estar por casa llenos de plumas, sobresaltándome considerablemente. Arrastró los pies por la cocina hasta llegar a la encimera, donde estaba su mejor amiga: la tetera.- Al menos se nota que eres escocés, con esos cuadros y esos colores.
Miré hacia abajo sin saber muy bien de lo que hablaba, hasta que vi que llevaba mis calzoncillos a cuadros escoceses y nada más. Tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no sonrojarme.
Terminé en un abrir y cerrar de ojos, lavé todo lo que había ensuciado yo esa madrugada y todo lo que había ensuciado ella por la noche, y subí a vestirme y a cambiarme de calzoncillos. Cuando estuve listo, fui a coger el poco equipaje que me llevaba y salí de la habitación, oyendo como la puerta de la habitación de mi abuela se cerraba.
- Ella a dormir y yo a pasearme por medio Reino Unido, genial.- gruñí mientras bajaba las escaleras. Tuve cuidado de no refunfuñar demasiado alto; tenía un oído fino y mal carácter.
Tuve que correr para coger el bus, y tuve que ser más rápido de lo normal para poder asegurarme un asiento en la última fila, donde era más fácil pasar desapercibido, aunque, por el contrario, mis compañeros de viaje solían ser gente un tanto rara; más que yo, quiero decir. A veces gritaban y atraían toda la atención de alrededor hacia ellos, otras eran tan silenciosos que a veces me olvidaba de que estaban ahí. Mis preferidas eran las abuelas, que se sentaban a mi lado, frescas como unas rosas, como si fueran la una del mediodía y no de la madrugada, y tejían sin parar. Hubiera dado lo poco que tenía por tener una abuela así.
Cuando llegamos a Preston me escapé para comer algo. Los viajes me daban hambre y siempre terminaba comiendo cualquier porquería que encontrase. Subí al siguiente autobús con dos tabletas de chocolate, una bolsa de cosas rosas y esponjosas y una bolsa de patatas supuestamente artesanales; cuando al fin llegamos a Londres, sólo me quedaban cosas rosas, demasiado empalagosas para terminármelas.
Intenté no arrollar a nadie en mi lucha por llegar media hora antes al Andén 9 ¾ y poder sentarme cómodamente en un compartimento vacío. Para mi desgracia, pero, llegué sólo cinco minutos antes de que el tren se fuera, así que tuve que despedirme de la situación idílica de poder estar solo y dormir a pierna suelta hasta llegar a Hogwarts, sin tener que preocuparme de si babeaba o no.
Subí de un salto y me estampé contra el equipaje de alguien. La lechuza se quejó, y yo estuve a punto de arrodillarme para pedirle perdón, hasta que recuperé la razón y decidí pedirle perdón al propietario de todo aquello. Clavé los ojos en el suelo y me sonrojé.
- Perdón.
Mientras se alejaba, yo me quedé allí, mirando a un lado y a otro, pegado a la pared. El pasillo era un ir y venir de alumnos de todos los años y todas las casas, y empezaba a estresarme. Algunos de los más pequeños me miraban –aunque lo más acertado es decir que miraban mi pelo-, y los quisquillosos de mi edad me sonreían canturreando un “Roy!” a modo de saludo.
Cogí mis trastos con fuerzas y me abrí paso sin preocuparme demasiado de los pequeñajos que apenas me llegaban al codo. El estrés le vuelve a uno inhumano, y yo quería llegar cuando antes a un maldito compartimento. El que fuera, pero lo quería rápido, así que después de pasarme varios por pura indecisión, abrí la puerta de uno y más que sentarme, me tiré de culo al asiento. Murmuré algo para disculparme y saludar a la vez, y clavé los ojos en la punta de mis pies.
steafan - 2009-07-21
Pese a que no hacía demasiado frío, hacía días que dormía bajo mil mantas. Un maldito resfriado veraniego rezagado había destrozado todos mis planes para los días previos a la vuelta a Hogwarts, y lo único que me quedaba era resignarme a pasarme los días encerrada en casa, abrigada como una abuela, y aprovechando las horas muertas para hojear los libros de séptimo que mis padres se habían encargado de ir a buscar sin siquiera pedírselo. Pero esa vida se acabó en cuanto mi madre llamó a la puerta para despertarme; 1 de Septiembre, volvía a mi segunda casa.
Remoloneé un rato, consciente de que ella lo habría previsto y me habría despertado con tiempo suficiente de aquello y más. Diez minutos después aparté las mantas a patadas y me fui al baño, a menos de 15 pasos de la cama. La higiene era lo primero.
Bajé las escaleras acariciando la barandilla con la yema de los dedos. Di un pequeño salto para esquivar los baúles, ya preparados desde la noche anterior, y entre en la cocina. Olía a azúcar, a café y a viaje. Mi padre estaba comiéndose sus habituales tortitas bañadas en miel, y mi madre, sentada en frente de él con una taza de café entre las manos, me miraba como si temiera que fuera a partirme por la mitad. Estaba acostumbrada a sus miradas, y no me hubieran importado por no ser que detrás de ellas había pena. Pena por mí.
- ¿Cómo te encuentras, cariño?
- Mejor. Casi como nueva.- me senté en su lugar habitual, donde ya me esperaba el desayuno.- ¿Y mi hermana?
- No ha podido venir.- se disculpó.- Te manda recuerdos.
”Ya, claro. Menuda trola acabas de soltar.” Pero como única respuesta solté un “mh…” desganado mientras me llevaba la taza de leche caliente –con miel, el pequeño toque de mi padre- a los labios.
Seguimos la rutina habitual de cada año. Yo terminaba de almorzar mientras alguien subía las maletas al coche. Cuando terminábamos, mi madre me daba un beso y después otro, disculpándose por no poder venir a despedirse por cuestiones de trabajo. “El ministerio no espera.” Esa vez, pero, antes de dejarme salir al exterior, me puso un pañuelo largo y negro, con ribetes blancos, alrededor del cuello. Tuvo que darle un par de vueltas antes de quedar satisfecha.
- Para ponerme esto podría haberme puesto la bufanda de Slytherin.- arrugué la nariz inconscientemente.
- Pero aun no es época de bufandas.- me sonrió afablemente mientras me abría la puerta de casa, como cada vez que se despedía de mi.
- No, pero yo ya estoy resfriada.
Gracias a ese comentario gané un beso extra.
Llegamos a la estación más o menos puntuales, menos que más. A mi padre no le gustaba la velocidad, ni los coches, ni los horarios. Era perfectamente capaz de seguirlos a rajatabla, aunque no solía hacerlo.
Mientras caminaba a su lado, fui buscando a alguien conocido. No era muy difícil reconocernos, rodeados de grandes baúles, lechuzas y con cierta pinta sospechosa. Algunos ya iban con el uniforme, incluso. A lo lejos divisé a Lina Wong, segundos antes de atravesar el muro de ladrillos. Me hizo señas para indicarme que iba a buscar un compartimento libre; asentí con la cabeza. Eso era sinónimo de que iba a ser oyente de la vida y milagros de Wong, alumna slytherin de séptimo con la que compartía habitación. El plan no era precisamente encantador, pero siempre podía fingir un ataque de asma e irme de ahí, dejándola con cierto regusto de culpabilidad.
Mi padre se detuvo a escasos metros de mi destino para despedirse definitivamente. Dejó el equipaje en el suelo y me abrazó como la mayoría de los padres abrazan a sus hijos cuando se van a la guerra.
- Cuídate.
- Siempre lo hago.- sonreí, impaciente.
- No hagas sobreesfuerzos.
- No los necesito.- sonreí más ampliamente.
- Esa es mi chica.- volvió a abrazarme.- ¿Podrás llevarlo tú sola?- señaló al montón de bártulos que había cargado él solito hasta entonces.
- Tranquilo, Lina me está esperando.
- Oh, Wong, una buena chica.
- Lo sé.- era precisamente por eso por lo que éramos amigas, porque era una buena chica con influencias.
Crucé la barrera mágica sin mirar atrás. La sensación siempre era la misma, fuera tu primera vez, la segunda o la última. Era una mezcla de ilusión contenida y de libertad. Era el momento en que todas las expectativas se elevaban por las nubes y tú sólo podías cruz